¡Escucha, Pequeño Hombrecito!. Por Wilhelm Reich

Te llaman «Pequeño Hombrecito», «Hombre Común»; dicen que ha empezado una nueva era, «la era del Hombre Común». No eres tú quien lo dice, Pequeño Hombrecito, sino ellos: los vicepresidentes de las grandes naciones, los líderes obreros que han hecho carrera, los hijos arrepentidos de los burgueses, los hombres de Estado y los filósofos. Te dan tu futuro pero no tienen en cuenta tu pasado.
Eres un heredero de un pasado horrible. Tu herencia es un diamante incandescente entre tus manos. Esto es lo que yo te digo.
Cada médico, zapatero, técnico o educador debe conocer sus debilidades si quiere trabajar y ganarse la vida. Desde hace algunos años, has comenzado a asumir el gobierno de la tierra. El futuro de la humanidad depende pues de tus pensamientos y de tus actos. Pero tus profesores y maestros no te dicen lo que eres y piensas realmente; nadie se atreve a formularte la única crítica que te haría capaz de tomar en tus manos tu propio destino. Sólo eres «libre» en un sentido: libre de toda preparación para gobernar tu propia vida, libre de toda autocrítica.

Jamás he escuchado de tu boca este reproche: «pretendéis convertirme en mi propio maestro y el maestro del mundo, pero no me reveláis cómo se llega a ser maestre de sí mismo ni me decís cuáles son los errores en mi manera de ser, de pensar y de actuar».

Permites que los hombres en el poder asuman la autoridad sobre el «Pequeño Hombrecito». Pero no dices nada. Confías a los poderosos o a los impotentes -animados de las peores intenciones-, el poder hablar en tu-nombre. Te darás cuenta demasiado tarde que una y otra vez te estás equivocando.

Te conozco y te comprendo. Te voy a decir cómo eres, Pequeño Hombrecito, ya que creo honestamente en tu gran futuro. ¡No hay duda de que te pertenece! En primer lugar mírate a tí mismo. Mírate tal como eres realmente. Escucha lo que ninguno de tus führers y tus representantes se atreve a contarte.

«Qué derecho tienes para darme lecciones?» Puedo ver esta pregunta en tu mirada temerosa. La oigo de tu arrogante boca, Pequeño Hombrecito. Tienes miedo de mirarte, tienes miedo de la crítica, Pequeño Hombrecito, lo mismo que tienes miedo de la potencia que se te promete. No sabrías utilizarla. No puedes imaginarte que un día podrías sentirte de distinta forma: libre y no acobardado, sincero y no traicionero; que puedes amar en pleno día y no clandestinamente como un ladrón en la noche. Tú mismo te desprecias, Pequeño Hombrecito. Dices: «¿Quién soy yo para tener una opinión personal, para decidir mi vida, para decir que el
mundo me pertenece? Tienes razón: ¿Quién eres tú para reclamar tu propia vida? Te voy a decir lo que eres:

Te distingues de los hombres realmente grandes, sólo por un rasgo. El gran hombre ha sido como tú un pequeño hombrecito, pero ha desarrollado una cualidad importante: ha aprendido a ver dónde era pequeño en su pensamiento y en sus acciones. En la realización de una tarea escogida por él mismo ha aprendido a darse cuenta de la amenaza que representaba su pequeñez y su mezquindad. Entonces el gran hombre sabe cuándo y en qué es pequeño. El Pequeño Hombrecito no sabe que es pequeño y tiene miedo de saberlo. Cubre su pequeñez y
debilidad con fantasías de fuerza y grandeza -la fuerza y la grandeza de otros hombres-. Está orgulloso de sus grandes generales, pero no de sí mismo. Admira las ideas que no tuvo y no las que sí pensó. Cree mucho más en las cosas que no comprende, y no cree en la veracidad de las
ideas que entiende más fácilmente.

Yo te digo: ¡Sólo tú puedes ser tu liberador!

Mi intelecto me dice: «Di la verdad cueste lo que cueste». El Pequeño Hombrecito que hay en mí dice: «es estúpido exponerse, ponerse a merced del Pequeño Hombrecito. El Pequeño Hombrecito no quiere oír la verdad sobre sí mismo. No quiere asumir la responsabilidad que le
corresponde. Quiere seguir siendo un Pequeño Hombrecito o llegar a ser un pequeño gran hombre. Quiere enriquecerse o llegar a ser un líder político, o comandante de la legión o secretario de la sociedad’ para la abolición de¡ vicio. Pero no quiere asumir la responsabilidad de su trabajo, del abastecimiento, de la construcción de viviendas, de los transportes, de la educación, de la investigación, de la administración… o de cualquier otra cosa.»

Es por todo esto que te tengo miedo, Pequeño Hombrecito, un miedo mortal. Porque de tí depende el destino de la humanidad. Te tengo miedo porque no hay nada de lo que huyas más que de tí mismo. Estás enfermo, ¡muy enfermo!, Pequeño Hombrecito. No es culpa tuya. Pero es tuya la responsabilidad de curarte. Desde hace tiempo te habrías liberado de tus opresores si no hubieras tolerado la opresión y no la hubieras apoyado tan activamente. Ninguna fuerza policial del mundo sería suficientemente poderosa para suprimirte si tuvieras sólo un ápice de autorespeto en la práctica diaria de vivir, si supieras profundamente, que sin ti la vida no duraría ni una hora. ¿Te contó esto tu «liberador»? No. Te llamó «Proletariado del mundo», pero no te contó que tú, y solamente tú, eres responsable de tu vida (en lugar de ser responsable del «honor de la madre patria»).

Dices, «Antes de creerte quiero conocer tu filosofía de la vida.» Cuando oigas mi filosofía de la vida, te irás corriendo a tu juez municipal, o al «Comité contra las actividades-antiamericanas», o al FBI, al GPU, o a la «Prensa Amarilla», o al Ku-Klux-Klan o a los «Líderes de los Proletarios
del Mundo», o, por último, sencillamente echarás a correr.
No soy Rojo ni Negro ni Blanco ni Amarillo.
No soy Cristiano ni Judío ni Mahometano, ni Mormón, ni Poligamio, ni Homosexual, ni Anarquista ni Boxer.
Abrazo a mi mujer porque la amo y la deseo y no porque tenga un certificado de matrimonio o porque esté sexualmente hambriento
No pego a los niños, no pesco ni cazo ciervos o conejos. Pero soy un buen tirador y me gusta dar en el blanco.
No juego al bridge ni organizo fiestas para extender mis teorías. Si mis enseñanzas son correctas se extenderán por sí mismas.
No someto mi trabajo a ningún oficial sanitario a menos que lo haya profundizado mejor de lo que yo lo he hecho. Y Yo determino quién ha profundizado el conocimiento y los vericuetos de mi descubrimiento.
Respeto estrictamente toda ley razonable, pero la combato cuando es obsoleta o sin sentido.
(No corras al juez municipal, Pequeño Hombrecito, ya que él hace lo mismo si es un individuo decente).
Quiero que los niños y los adolescentes experimenten su felicidad corporal en el amor y que la disfruten sin ningún peligro.
No creo que para ser religioso en el auténtico sentido de la palabra, uno tenga que arruinar su vida amorosa,, rigidizarse y reprimirse en cuerpo y alma.
Sé que lo que tú llamas «Dios» existe realmente, pero de manera diferente a lo que tú piensas: como la primordial energía cósmica en el universo, como el amor en tu cuerpo, como tu honestidad y tu sentimiento de la naturaleza en tí mismo y a tu alrededor.

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